— ¿Y no podías haberme pedido
ayuda? —dice Irene, cruzándose de brazos—. Será que no hemos quedado a lo largo
de este año. En cualquiera de nuestros encuentros podrías haber fingido algo de
interés, porque yo nunca doy el primer paso en esta relación, querido. Y por
cierto, yo siempre soy sexy —susurra, aunque su voz provocativa resuena por
toda la iglesia. Un par de personas se dan la vuelta, pero no ven quién ha sido
esas palabras tan fuera de lugar.
Irene había elegido la iglesia
como punto de encuentro porque era de los pocos lugares en los que Jim no tenía
cámaras. ¿Quién fijaría su atención en la casa de Dios? Él no.