Un abrumador y abrasador calor
recorría todo el cuerpo de Jim. Era como si sus pesadillas lo estuvieran
quemando vivo. El sudor frío de la frente corría lentamente hasta derramarse a
los lados. Una expresión suplicante se esbozaba en su rostro. Las pesadillas lo
rodeaban, pero tenía la sensación de que no eran pesadillas creadas por su
subconsciente, sino recuerdos olvidados que ahora sin explicación alguna su
mente veía oportuno recuperar. En ellas no ocurrían cosas malas que le hicieran
tener miedo, pero le daba pavor estar atrapado en su propio cuerpo y
representando escenas de las que él no tenía constancia haber vivido, escenas
en las que parecía un maniquí cogido con hilos y movido por otra persona
totalmente opuesta a él, y que decía cosas que él nunca diría.
No para de revolverse en la cama,
de rodar en ella de un lado a otro, de gemir de angustia en la oscuridad... Precisamente
esa noche no estaba Seb; había un trabajo fuera de Londres y se había ido hacía
un par de días, días en los que Jim, efectivamente sin el francotirador no pudo
dormir y necesitó las pastillas, pero esa noche era diferente. Era como si su
cabeza quisiera que durmiera y se sumiera en esas visiones, y Jim no era capaz
de despertarse. Su mente quería hacerle llegar a cierto punto hasta que decidiera
quitar el pestillo a la puerta de salida.