sábado, 15 de junio de 2013

Elisabeth Parker (Sherlock, 9)

Irene Adler pasó cuatro días más en Baker hasta que dieron con Samuel Weisz. Pertenecía a una mafia de poca monta, pero que daba más de un quebradero de cabeza a la policía desde hacía un tiempo. Con la ayuda de Sherlock (por supuesto), apenas tardaron menos de una semana para desmantelar su negocio y encerrarlos a todos, menos a uno.

Dean Crowe, el segundo al mando, logró escapar. Llevaba varios días ilocalizable. Dio la casualidad de que Sherlock quiso investigar un poco más sobre este grupo de mafiosos, y se encontró con que Jackson Williams era un informador y mensajero de éstos. Moriarty acabó con él y por motivos que desconocía. Seguro que habría algún enlace entre Jackson y la mafia.

Y así era. Uno de los mafiosos confesó que Crowe era quien trataba de primera mano con el joven, y que estaban sobornando a Jim con algún tipo de información que pudiera ponerle en un apuro y poder sacar beneficio de ello. ¿Qué hizo el criminal asesor? Matar a uno, si no había matado ya al otro también. Aunque Crowe estaba en paradero desconocido, el caso estaba resuelto en parte. Podría dar constancia de ello.

‘’ Jackson Williams anduvo acompañado de personas poco recomendables. Una lástima que Crowe no esté por aquí saber más’’, publicó en la red. Al instante, recibió un mensaje de Moriarty:

—Sí, una lástima –JM.

Eso era todo con respecto a Irene y el caso de Moriarty. Pensó que, aunque las casualidades para él no existían, ya que todo ocurre por una razón, estuvo en el momento exacto el día adecuado. El caso de Jim se vio afectado por el tema de Irene. Había matado a dos pájaros de un tiro.

Pero faltaba un asunto pendiente: John. Estuvieron semanas bastante distanciados. Fueron unas Navidades frías y tristes. Sherlock era consciente de que le estaba haciendo daño, pero también él sufría las consecuencias, y solo podía interpretar un papel: el papel de malo, el papel de no sacar a la luz sus verdaderos sentimientos para mantener fuera del peligro a John, aunque eso le causase el doble de daño a su querido compañero. Apenas cruzaban unas palabras; John evitaba dentro de lo posible estar en la misma habitación que él. Sherlock se quemaba por dentro. No sabía cuánto más podría aguantar. Todo el que hiciese falta, pero… ¿y si un día John no podía seguir así?

Esperaba que ese día no llegase, pero lo hizo.


Sherlock se levanta y va a la cocina a desayunar lo mínimo para que pudiera concentrarse sin que su estómago le diera guerra. No había leche.

— ¿John? ¡John! ¡No hay leche! —al no recibir contestación, va en su búsqueda, y pasando por el salón ve una carta encima de la mesa—. ¿Pero qué…?

 ‘’Querido Sherlock:

Llevamos unos días en los que no nos entendemos, o no queremos entendernos. Me ha parecido mejor hacer esto así, aunque no estaba seguro de si te lo decía a la cara me habrías retenido o no. ¿Soy un cobarde al no decirte esto a la cara? Puede.

Sabes lo que siento, mis sentimientos hacia ti. No te obligo a dar ningún paso. Eso es cosa tuya, pero necesito un tiempo para meditar y pensar cómo quiero sobrellevar esto, y creo que tú también lo necesitas.

Me gustaría que, aunque no llegues a nada, por lo menos pensases en cómo tratarme, porque estoy harto de no parar de darte consejos y ayudarte y que no me tomes en serio. Lo hago por tu bien.

Todo es por ti, siempre lo ha sido.

Voy a estar con mi hermana un tiempo indefinido. Lo mejor es que no contactes conmigo y te centres en lo que te pido, por favor, y en tu trabajo, por supuesto. Haz algo por mí por una vez.

Atentamente, John. ’’

Arruga la carta, boquiabierto. Su corazón se comprime y siente ganas de arrancárselo para que deje de dolerle el pecho. John era el único que podía hacer que su corazón tomase vida y encima de una forma tan pasional y excesiva. ‘’Lo sabía. No podía más…’’, piensa mientras corre escaleras arriba hasta su habitación. Estaba vacía, sin nada, aunque en los armarios quedaba algo de ropa. ‘‘No…’’. Sale corriendo del piso. No podía creérselo; John no podía haberse ido. ‘’No me hagas esto…’’. Llega a la calle y mira a todos lados. Podía haberse levantado unos instantes después de que John se fuera y estar cogiendo un taxi o cruzando la calle, pero era una posibilidad muy remota.

Se lleva las manos a la cabeza acongojado y empieza a maldecir. John no sabía que todo lo que hacía ahora, no  mostrarle sus verdaderos sentimientos, no poder decirle que lo quería, era por él, por su bien y su seguridad, aunque tenía doble riesgo esta decisión: que John no aguantara más y un día se fuera de verdad. Pero prefería que no estuviera con él y fuera de peligro que estar evitando cualquier contacto con este.

Esto es lo que le decía su cabeza. Su corazón luchaba por romper esa limitación. Pero había un detalle enorme que le quitaba el sueño por las noches: no sabía manejar los sentimientos. Nunca se había dejado llevar, y creía que no sabría hacer nada a derechas. Deseaba estar con John y no hacerle sufrir, todo lo contrario a lo que hacía ahora, pero no se veía capaz de abrirse a él como una persona normal. Ya se lo dijo John varias veces antes: era una máquina.

Los sentimientos fueron los causantes de que años atrás tuviera que dejar todo y a todos para mantenerlos a salvo. ¿Qué pasaría si volvía a abrirse a ellos? ¿Y si pasase lo mismo, pero esta vez con perjudicados de verdad? ¿Y si ponía a John en más peligro aún, o hasta conseguía que lo llegasen a matar? Preguntas tan espeluznantes no paraban de rondar por su cabeza, y por mucho que intentase sacársela, la idea del nombre de John manchado de sangre permanecía en su mente, imborrable.

¿Y si de verdad John no iba a volver? Se había llevado casi todas sus cosas, y eso lo asustaba. Coge el móvil subiendo las escaleras y le manda un mensaje.

— ¿Cuándo vas a volver? –SH.

Le había dicho que no contactase con él, pero esta era de las muchas veces en las que Sherlock no le hacía caso. Llega apesadumbrado al salón y se deja caer en el sofá. ¿Qué haría ahora sin él?
No se había movido del sofá en un par de horas cuando la señora Hudson entra en el salón.

—Hola querido. ¿Ya se ha ido John? —pregunta sonriente.

Sherlock se da la vuelta al oírla decir eso, muy sorprendido.

— ¿Usted lo sabía? ¿¡Que se iba a ir!? —no se da cuenta de que estaba gritando, con un tono de voz malhumorado—.

—Pues claro que lo sabía. Y no me hables en ese tono, señorito.

— ¿Sabe cuándo va a volver? —la coge fuerte pero sin hacerle daño de los hombros—. ¿¡Lo sabe!?

—Sherlock, tranquilízate. No… No me dijo nada. Sólo que se iba unos días con su hermana, nada más.

—Dios… —empieza a dar vueltas, hasta que decide pararse y calmarse—. Sólo eso, ¿no? Sólo serán unos días… Es un idiota. Irse así, sin más… —‘’Eres tú el idiota, Sherlock, y lo sabes. No te engañes’’.

—No te preocupes. Ya verás como vuelve antes de que te des cuenta.

‘’Ojalá… Le… Le necesito’’, piensa. El chip de su cabeza que intentaba bloquear sus sentimientos se debilitaba si John no estaba con él, y hablaba con sinceridad consigo mismo, sin poder evitarlo, sin reprimirse. Sin John sentía vacío; era todo lo que tenía y lo estaba dejando marchar, pero no podía ni plantearse que le pasase algo por su culpa en un futuro. No se lo perdonaría.


El tiempo sin John pasaba lento. No le había contestado al mensaje. Definitivamente creía que le había dejado, y eso tenía a Sherlock por los suelos.

Cuando todavía no estaba del todo destrozado por pensar esas cosas, iba a Scotland Yard. Consiguió resolver unos cuantos casos que tuvieron una pequeña repercusión en la prensa, pero nada del otro mundo. Trabajar le mantenía la mente ocupada, y el caso de Dean Crowe se había abierto nada más poner punto y final al de Jackson Williams.

— ¿Se sabe algo del desaparecido? —exigió saber un día nada más entrar en el despacho de Lestrade.

El inspector apartó la vista de un montón de papeles sobre su mesa y lo miró, cansado.
—Nada… Se rumorea que está fuera del país desde hace mucho, antes de que hiciésemos aquella redada, pero me sorprendería que se hubiera alejado tanto.

— ¿Y su paradero?

—No se sabe.

—Tanta información me abruma —dijo irritante y en un tono burlesco.

—Oye, Sherlock. Este no es el único caso que estamos tratando ahora —se levantó de la silla y extendió los brazos señalando su mesa hasta arriba de informes—.  Tenemos mil cosas más. Ten paciencia.

—Paciencia es lo que menos necesito ahora —‘’Se me está agotando con esperar a John. En algo tan banal y vulgar como esto la paciencia es lo último en lo que pienso’’. Le echó un rápido vistazo al inspector—. ¿Te ha vuelto a dejar tu mujer?

— ¿Perdona? —dijo poniendo los brazos en jarra.

—Es evidente. Marcas de cansancio en las cuencas de los ojos, que están rojos de trasnochar mirando todos esos papeles —se acercó un poco a él— o de estar toda la noche en un bar cualquiera —aspiró profundamente y se dio la vuelta—. Sí, parece que lo del bar es más correcto en parte. Sin hablar de que llevas con el mismo traje de hace dos días, o sea que por casa no has pasado, tal vez por los recuerdos que te trae. ¿Te ha dejado ya definitivamente? —vio cómo se le nublaba el semblante a Lestrade, enfadándose y poniéndose triste a la vez, y decidió parar. El que John no estuviera con él le hacía sobrepasar los límites que el doctor le marcaba desde hacía años. Habría sido repelente, pero no hasta ese extremo. Se llevó las manos a la cara, tapándosela—. Lo… Lo siento.

Lestrade se sorprendió bastante con su disculpa. Sólo le había escuchado una vez decir esas palabras, y eso fue hace años.

Gregory Lestrade sentía mucho afecto hacia Sherlock, aunque pocas veces lo había podido demostrar. Siempre el detective asesor le soltaba alguna pulla que le impedía hablarle como le gustaría y se mostraba serio y profesional. En contadas veces podía pasarse por Baker y pasar un pequeño rato con él y con John, al que ayudó mucho en ausencia de Sherlock. Esa ausencia le dolió y afectó bastante también a Lestrade. En parte fue por su culpa, por dejarse embaucar por Anderson y Donovan, pero Sherlock le explicó todo y le dijo que no tenía que sentirse culpable.
Se acercó a él y le puso una mano en el hombro.

—Tran… Tranquilo. Tienes razón: debería pasar por casa y cambiarme —soltó una carcajada para aliviar la tensión—. ¿John… no ha vuelto?

—No —‘’Por eso estoy así. No tenía que haber venido. Lo estoy pagando con Lestrade y no es justo’’. Hasta a él le sorprendía hablar así. ¿Tanto había influido John en su forma de pensar que ahora se preocupaba un poco más por los demás, o por lo menos por las personas más cercanas a él? —. Será mejor que me vaya.

—Descansa, Sherlock. Y no te preocupes. En cualquier momento estará otra vez sentado en su butaca y leyendo el periódico.

Unas horas más tarde, Sherlock recibió una llamada de Lestrade con malas noticias. Dean Crowe no estaba fuera del país. Habían encontrado su cuerpo en un piso en Canterbury. Encontraron el cuerpo bocabajo, ahogado en su propia sangre. Fue a ver el cadáver a la morgue: un corte limpio y perfectamente trazado horizontalmente en la garganta. Sin huellas, sin asesino, mas Sherlock sabía que había sido obra de Jim.

Los siguientes días fueron un arresto domiciliario para Sherlock. No quería salir de casa, John seguía sin volver… Sus esperanzas minaban cada vez más. ¿Lo había perdido del todo? Pensar en ello lo irritaba y consumía aún más.

La señora Hudson era la única persona a la que permitía pasar al piso y darle unos minutos de escasa conversación.


Sherlock estaba tocando el violín mientras miraba por la ventana cómo la ciudad se sumía en una densa niebla que teñía de gris los edificios. La niebla iba devorando todo a su paso.

— ¿Sherlock? —el detective oye que la casera toca la puerta y pasa libremente por la cocina—. Querido… Me preocupas... Deberías salir, dar una vuelta… Mantener contacto con lo que te rodea, que es mucho más que estas cuatro paredes.

‘’La soledad me protege’’, le dijo en una ocasión a John. Cada vez estaba más seguro de eso ahora que él no estaba. A pesar de que quería que volviera, en parte esa frase siempre la mantenía presente en su moral. Quería a John, pero no podía estar con él abiertamente por el simple hecho de no querer ponerlo en peligro. Era como el pez que se mordía constantemente la cola.

—Salir no me hará ningún bien, al igual que quedarme en casa tampoco. Así que, ¿qué diferencia hay? Es más cómodo estar aquí.

La casera refunfuña y maldice por lo bajo.

—Por lo menos no estarías todo el día sin hacer nada. Podrías dar un paseo, estirar las piernas, ¡yo qué sé! Pero quedarte todo el santo día en casa no está bien —se acerca a él un poco—. Mira… Mi sobrina está haciendo ballet. Creo que ya te lo he comentado alguna vez. Esta tarde van a hacer unas audiciones para el papel protagonista de El Lago de los Cisnes. Sé que a ti te encanta la música clásica y ese compositor…

—Tchaikovsky.

— ¡Eso! Así que he pensado que podría interesarte. Haz un esfuerzo. Podría gustarte, y así te olvidarías de esta pequeña vida sedentaria que llevas.

— ¿Me ve con cara de ir a esas cosas? —se da la vuelta y ve a la señora Hudson mirándole inquisitivamente, y vuelve a lo suyo.

—Santo Dios… Quedarte aquí no hará que John vuelva, Sherlock. Él no querría verte así.

Oye que cierra la puerta y deja de tocar. Mira al techo, dejando caer la cabeza hacia atrás en un movimiento rápido pero pesado. Tenía razón; John preferiría que se mantuviera distraído e hiciese algo. Además, podría estar entretenido. Era Tchaikovsky, y su ballet favorito.

Decide ponerse el abrigo y bajar las escaleras, en las que se encuentra a la señora Hudson sonriendo satisfecha.

—No puedo decirle que no y lo sabe —sonríe un poco y le da un ligero beso en la mejilla.

La ciudad estaba bastante tranquila. No había muchos problemas de circulación, aunque el tráfico era tan concurrido como de costumbre. Se lleva las manos a los bolsillos y saca los guantes. El frío cada vez se hacía más intenso, calando en los huesos, y la niebla bajaba conforme se hacía de noche. La Royal Opera House no estaba muy lejos de casa, a un cuarto de hora más o menos, así que prefería ir caminando y observar lo que se suponía que se perdía con su estancia permanente en el 221B en vez de ir en taxi y pasar todo fugazmente.

Al llegar a Covent Garden, se para en medio de la puerta del imponente edificio y mira hacia arriba. Las columnas de estilo corinto daban la bienvenida en la enorme parte central de lo que era un lugar donde la música, el baile y el arte se fundían en uno en conciertos, ballet y representaciones teatrales. Podía ser el lugar perfecto para que Sherlock se relajase durante un par de horas.

Entra y observa el panorama. Era una sala tan inmensa, tan espaciosa y lujosa que le abrumaba. El color dorado y rojo predominaban en la estancia todo impecable, pulido y perfecto, y el gigantesco telón cubría un majestuoso escenario. No tardarían mucho en empezar las audiciones, así que se dispone a sentarse por el patio de butacas central, en la esquina de una de las filas del medio.

Los profesores que iban a evaluar llevaban ahí el mismo rato que Sherlock llevaba esperando, más de media hora. Estaba aburrido y ahí no había ni música ni baile.

‘’Vaya pérdida de tiempo. Estaría mejor en casa tocando el violín o durmiendo’’, piensa.

—A este paso llega el día del juicio final y no he ‘’disfrutado’’ del baile —acentúa sus últimas palabras en tono irónico.

Uno de los profesores se da media vuelta y le mira mal, a lo que Sherlock responde con una de sus características sonrisas falsas. Parecía ser que su comentario había incitado que las bailarinas, que estarían en los vestuarios mentalizándose, se dieran más prisa y empezasen a ir saliendo.

Ya había visto cinco aspirantes al papel principal cuando oyó al fondo algo de ruido; más gente curiosa había ido a ver las audiciones. Por el número de pisadas supuso que eran dos o tres. Nadie se sentó cerca de él, sino que se quedaron al fondo.

Pasaban y pasaban las aspirantes. ‘’Esto parece eterno’’. Apenas prestaba ya atención. Se dedicaba a juguetear con sus dedos con la bufanda, haciendo trenzas y luego deshaciéndolas una y otra vez.

— ¿Qué hace un detective asesor en una audición de ballet?

Reconoció la voz de Jim Moriarty detrás de él. Estaba apoyando sus brazos en el respaldo de su butaca y le incomodaba, aunque no se echó para delante.

Justo cuando iba a contestarle, uno de los profesores llamó a la siguiente bailarina.

—Parker, Elisabeth. Su turno.

‘’ ¿Parker?’’. Levanta la vista de la bufanda y mira al escenario. Una chica rubia, alta y esbelta, se coloca en el centro del escenario. Hace un amago de levantarse, pero se contiene aferrándose fuerte a los reposabrazos. Conocía ese apellido. La observa detenidamente, echándose hacia delante en su asiento y llevándose las manos en puño a los labios, rozando los pulgares contra estos. Bailaba grácilmente, haciendo unos movimientos. Sus brazos eran las alas de un cisne, haciendo círculos en el aire hasta llevarlos despacio hasta sus tobillos. Parecía tan ligera que daba la impresión de que continuaría su elegante y bella exhibición en el aire.

Se había olvidado por completo de Jim.

—Sé que es extraño que yo esté aquí, ¿pero tú? —dice sin quitarle el ojo de encima a la bailarina—.

—Pasaba por aquí. ¿Y tú?

Se toma su tiempo para contestar, algo que exasperaba a Jim, ansioso por saber qué hacía él ahí. Sherlock estaba demasiado ensimismado mirando a esa chica. Pensaba, la cabeza le daba vueltas y se bloqueaba. ‘’No puede ser. Es un apellido muy común, ¿no?’’. Cuando calcula que queda poco para que acabe, le susurra unas últimas palabras a Jim.

—Me gusta Tchaikovsky. Es lo único que tienes que saber —se levanta y se da la vuelta, mirándole—. Si me disculpas —alza las cejas. Ve cómo Jim resopla a modo de desaprobación por salirse antes de que termine y se va.

En el vestíbulo empieza a dar vueltas, retorciendo los guantes en su mano y mirando al infinito.

No podía ser la misma Parker. Conoció a una mujer apellidada Parker, y que casualmente también se dedicaba al ballet. Hacia muchos, muchísimos años que no sabía nada de ella. Podría estar fuera del país… o muerta. Nunca lo sabría. Por extrañas y personales circunstancias no volvió a mantener contacto con Martha Parker.

‘’Era de las últimas bailarinas. Deberían salir dentro de poco por la puerta de atrás’’. Se abre paso entre la gente de la calle y va al callejón que da a la puerta de salida para artistas.

‘’Demasiada casualidad, Sherlock. Es imposible’’. Las jóvenes bailarinas ya estaban saliendo y cuchicheando. La única rubia de pelo ondulado que vio a lo lejos estaba de espaldas, pero suponía que sería ella.

Se acerca poco a poco, dudando, hasta que llega a una distancia considerable y se aclara sonoramente la garganta. La chica se da la vuelta.

Sherlock se queda boquiabierto durante un segundo. ‘’Sus ojos…’’, se dice sin salir de su asombro. Eran azules, muy azules, tirando a un grisáceo que los hacía parecer de hielo. Penetrantes y profundos… como los suyos.

Vuelve en sí y le extiende la mano.

—H-hola. Soy Sherlock Holmes.

‘’Vale, Sherlock. Ahora es sólo improbable’’.


Fin de la primera parte.

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