martes, 11 de junio de 2013

Remembering (Jim, 5)

Un abrumador y abrasador calor recorría todo el cuerpo de Jim. Era como si sus pesadillas lo estuvieran quemando vivo. El sudor frío de la frente corría lentamente hasta derramarse a los lados. Una expresión suplicante se esbozaba en su rostro. Las pesadillas lo rodeaban, pero tenía la sensación de que no eran pesadillas creadas por su subconsciente, sino recuerdos olvidados que ahora sin explicación alguna su mente veía oportuno recuperar. En ellas no ocurrían cosas malas que le hicieran tener miedo, pero le daba pavor estar atrapado en su propio cuerpo y representando escenas de las que él no tenía constancia haber vivido, escenas en las que parecía un maniquí cogido con hilos y movido por otra persona totalmente opuesta a él, y que decía cosas que él nunca diría.

No para de revolverse en la cama, de rodar en ella de un lado a otro, de gemir de angustia en la oscuridad... Precisamente esa noche no estaba Seb; había un trabajo fuera de Londres y se había ido hacía un par de días, días en los que Jim, efectivamente sin el francotirador no pudo dormir y necesitó las pastillas, pero esa noche era diferente. Era como si su cabeza quisiera que durmiera y se sumiera en esas visiones, y Jim no era capaz de despertarse. Su mente quería hacerle llegar a cierto punto hasta que decidiera quitar el pestillo a la puerta de salida.

— ¿Qué estás haciendo? —Jim, con una voz aniñada y revoltosa, abraza a alguien por detrás un hombre alto y rubio Tenía claro que era imposible que fuera él.

— ¿Tú qué crees? —la voz de Sebastian hace que de un respingo en la cama y gime de nuevo cuando Seb se da la vuelta y le sonríe—. Cosas de trabajo. Cosas aburridas para ti.

— ¿Luego vendrás a ver la tele conmigo?

Era imposible que estuviera diciendo esas cosas, pero por otro lado, es como si supiera lo que dice. Su mente le estaba gastando una broma, una broma cruel. Él no hablaba ni era así con nadie, y menos con Sebastian aunque ahora el francotirador fuera suyo. No quería que todo eso fuera un recuerdo, pero lo veía y sentía tan real como un déjà vu, haciendo que se ponga nervioso y con más ganas de despertarse. Es cierto que una parte de él no se sentía a disgusto reviviéndolo.

—Sabes que sí —contesta Seb.

Jim nota que las comisuras de su boca se estiran, esbozando una sonrisa. Una sensación embriagadora de felicidad llena todo su ser, haciéndolo sonreír aún más.

—Muy bien —dice—. Te quiero, Seb. ¿Lo sabes?

Sebastian se acerca a él y lo besa con dulzura. Jim nota un revolotear dentro de él agradable. Aunque nunca se habían besado así, lo disfruta. Era suave, lento, sin ansias de devorarse, simplemente dejando pasar el tiempo.

—Lo sé, Rich.

Jim grita, queriendo despertarse al instante después de oír ese nombre, pero no puede. Rich se da la vuelta y se dirige a lo que parece ser el salón con paso vivo y alegre. Jim reconoce el entorno vagamente al recorrerlo; los muebles viejos, las revisas de la mesa del té del salón, la televisión, la escalera, el pasillo… Era esa casa, esa diminuta casita. Estaba en Cardiff. Su corazón se apacigua y late con normalidad, porque ese sitio le transmitía paz y tranquilidad. Jim recuerda cuando Seb entró por la puerta un día y él le preguntó qué demonios había pasado y qué hacía ahí. Al pensar en eso, tiene más claro que son recuerdo que su cerebro había guardado bajo llave. La parte de Jim que estaba despertando, es decir, Rich, sonríe, porque en esa casita había vivo momentos de todo tipo; momentos tristes, momentos confusos, momentos de total y absoluta felicidad… Pero Jim no comparte esa felicidad, no es capaz.

Todo se torna a negro en un segundo y Jim, o Rich, ya que a estas alturas ambos nombres son lo mismo aunque sean personalidades totalmente distintas, se sitúa ahora acostado en la cama, entre las blancas sábanas de una habitación de paredes azules. A su lado, de nuevo Sebastian, sonriendo y jadeando cada vez con menos ganas, exhausto, signo de que habían hecho el amor. Rich nota la respiración de su cuerpo también agotada y profunda. Sus ojos recorren el cuerpo desnudo de Sebastian, y pasa su mano desde el bajo vientre hasta llegar a la mejilla del francotirador. Jim recuerda el tacto, pero no porque era algo que hacía a menudo con Sebastian, sino una vaga sensación de cómo recorría con su mano su torso, y cómo se le erizaba el bello al hacerlo, y recuerda también lo mucho que le gustaba hacerlo, y que lo había hecho tropecientas veces y todavía sentía la misma emoción que la primera vez que lo hizo.

Todo se estaba volviendo muy real. Pequeños flashbacks aparecen de repente, situaciones de todo tipo, y su sensación al recorrer esos momentos fugaces se convierte en un sentimiento más que real, hiperreal: recuerda cuando se entristeció en el momento en el que Seb quiso cruzar la puerta principal de la casa para no estar con él, y cómo le besó después de que Rich se le declarara, la primera vez que pisó la entrada de la casa de Cardiff y lo mucho que le gustó, la primera vez que lo vio en el hospital después pegarse el tiro en la cabeza, y en ese momento ya no era Jim, sino Rich…

En la cama, Seb lo arrima a él lentamente hasta que están tan cerca que pueden notar la respiración del otro. Se funden en un beso del que luego se separan para darse otro más corto, sonriendo dentro del beso y riendo al final, y a Jim, teniendo total seguridad de que es Rich, le da un vuelco de emoción y alegría el corazón.

Por fin su subconsciente cree que ya ha visto suficiente para que crea lo que quiera creer, abre la puerta y deja que Jim salga de esa habitación y de todo lo que ha vivido angustiosamente. Empapado en sudor y con los ojos abiertos como platos, mira a todos lados y niega con la cabeza, incrédulo.

—No… No… No puede ser…

— ¿Por qué no? —la voz infantil e inocente de Rich resuena en su cabeza, como si todavía no hubiera despertado—. Lo disfrutabas. Ahora lo recuerdas, ¿verdad?

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