sábado, 8 de febrero de 2014

She's gone (Sherlock, 15)

Sherlock oye a John desde el lavabo gritar.

—Aquí viene otro…

Sólo habían pasado dos días desde el secuestro. Lo conseguiría, pensaba Sherlock, conseguiría salir de toda la oscuridad que rodeaba a John, o por lo menos albergaba esa esperanza. Todavía era pronto para decirlo. Sólo había comenzado el proceso.

Vuelve a la habitación con un par de gasas y vendas limpias; había que curar la marca del pecho. Le habla con palabras dulces y un tono tranquilizador para que John vuelva con él y se quede unos minutos quieto mientras le desinfecta la herida y le coloca los nuevos vendajes.

—Estoy aquí, John —susurra—. Estoy contigo, no te preocupes, todo va a ir bien.

John consigue parar de gemir fuerte para llorar en silencio, intentando no mirar a Sherlock una vez ha vuelto a la realidad. Se sentía avergonzado por no ser capaz de controlarse, e impotente por no poder hacer nada parar ayudar a Sherlock en su labor de aguantarle.

Sherlock desecha las vendas usadas y vuelve a la cama con él, abrazándolo. Permanecen unos minutos hablando en voz baja, de lo que sea; eso mantenía a John distraído y cerca de Sherlock, cerca del John de siempre. El sueño invade de nuevo a John y Sherlock aprovecha para echarle un vistazo: pequeños temblores en todo el cuerpo; un tic en el ojo derecho, y un incontrolado temblor en el labio inferior; los dedos de sus manos no paraban de abrirse y cerrarse, y seguía gimiendo muy bajito, o diciendo cosas raras. Más que signos de locura, Sherlock los ve como signos de miedo. Apoya la cabeza en la almohada. Estaba agotado de darle vueltas a la cabeza. <<Sólo llevamos así un día, un maldito día, y ya me exaspero. Pero va a volver, conmigo. Sé que puede>>.

Sin saber cómo, John le echa bruscamente de la cama después de dar un fuerte grito. Sherlock se golpea la cabeza con la mesita de noche, y tarda un poco en reaccionar, en llevarse una mano a la zona donde se ha dado, presionar y apretar los dientes de dolor. Mira desconcertado a John. Se incorpora y le sujeta con ambas manos para que se esté quieto.

— ¡JOHN! ¡Eh, John, soy yo!

— ¡ALÉJATE DE MI, MONSTRUO!

Eso sólo hace que Sherlock le sujete con más fuerza.

— ¡No conseguirás llegar hasta Sherlock! —sigue chillando—. ¡No te dejaré!

Cree que era Moriarty. Sherlock empieza a aflojar el aprisionamiento para alejarse de él, y se lleva las manos a la cabeza, mirando a todas partes. ¿Cómo hacer que volviera a la realidad?

— ¡John, soy Sherlock! ¡Vamos, por favor, eres fuerte, LUCHA!

Las palabras dulces y tranquilizadoras no funcionaban, ni los susurros, y ni por un momento se le ocurre aplicar la fuerza; no quería hacerle daño. La confianza que ponía tan ciega en John de que fuera fuerte y luchara con ello no asomaba por ninguna parte. Necesitaba algo más que él, sus palabras y caricias. Algún recuerdo, algo cercano, algo personal, de ellos, cualquier cosa, aunque fuese una tontería.

Las comisuras de Sherlock empiezan a curvarse hasta crear una sonrisa de oreja a oreja.

— ¡John! ¡Te he dicho mil veces que no hay leche! ¿Todavía no has ido a comprar? ¡No tenemos, y yo no pienso ir a por ella!

Se acerca aún con la sonrisa permanente en su rostro; con el paso del tiempo, el tema de la leche resultó hasta divertido, pasando de ser una disputa a una broma. <<Vamos… —piensa ansioso, sin dejar que eso se refleje en su alegre y fingido gesto—. Vamos…>>.

John se queda quieto por un momento, mirando interrogativo y con el gesto congestionado a Sherlock, que se distancia un poco de él para darle espacio, y por si acaso volvía a empujarle o algo peor.

— ¿Ya…? ¡¿Ya no hay leche?! ¡Ve tú! Yo fui la últim-…

Sherlock le mira expectante, un poco ilusionado también. ¿Había funcionado? John agacha la mirada, que parece más consciente. Vuelve a mirar a Sherlock, y por fin le ve a él, no a Moriarty. Sherlock se da cuenta, también lo ve, y suspira lleno de alivio.

—¿… John?

John sonríe, pero triste, compungido.

—Lo siento, Sherlock…

—Llevará un poco de tiempo, John. Pero lo conseguirás.

Se acerca para besarle, y cuando va a separarse, John vuelve a atraerlo hacia él. No quería que se alejara de él tan pronto. Vuelven a tenderse en la cama, y vuelven a conciliar el sueño durante un rato. Parece ser que John ya se ha tranquilizado y duerme más sereno que de costumbre, lo que alivia en exceso a Sherlock cuando se despierta. Con mucho cuidado, sale de la habitación y cierra la puerta. Necesitaba un momento para él ahora que John estaba plácidamente dormido y siente que no va a despertar en un buen rato.

Va hacia el salón, mira un par de partituras, otras por el suelo de cosas que estaba componiendo hacía unos días, y mira los pos-its en la pared de algunos casos. No puede concentrarse lo suficiente como para ponerse con alguno, así que recurre a la televisión como vía de escape. Deja lo primero que aparece en pantalla cuando la enciende y se recuesta en su sillón.

—Buenas noches. Interrumpimos la programación habitual para informar de una desafortunada explosión en la Royal Ballet School, en Sutherland Avenue —empieza a declarar una presentadora del noticiario cuando se corta el programa que se estaba emitiendo en ese momento. Sherlock se tensa al escuchar la localización; es el estudio de Elisabeth—. La explosión, sucedida hace aproximadamente dos horas, se debe posiblemente a un escape de gas, tal y como declara en estos momentos la policía. Hay un total de quince víctimas, entre los que se encuentran tres profesores, diez alumnos y dos transeúntes, y dos heridos leves que pasaban por la zona. La policía pronto hará el comunicado oficial del acontecimiento. Ahora les pasamos con nuestro corresponsal en el lugar.

Sherlock mira atónito la pantalla; todo estaba envuelto en una espesa capa de humo y llamas. Los bomberos, en su empeño de extinguir el fuego, tiraban de metros y metros de manguera y rodeaban el edificio. Una ambulancia asistía a los dos heridos leves, mientras que otros paramédicos se dedicaban a cubrir los cuerpos de los transeúntes fallecidos. Lo más seguro es que las víctimas registradas en el edificio estuvieran carbonizadas o en un estado muy grave.

Deja caer el mando del televisor al suelo y camina rápido hacia la habitación. Silencioso, se asegura de que John sigue dormido, y luego vuelca sus pensamientos y miedos sobre Elisabeth. Corre a coger su abrigo y se apresura escaleras abajo hacia la calle para ir al lugar del accidente.

Lo primero que hace nada más llegar al lugar es mirar estupefacto y horrorizado el edificio mientras aparta a la gente de su camino sin siquiera mirarles. Sólo tiene ojos para el devastado edificio. La gente está conmocionada, asustada, incrédula, pero no tanto como lo está Sherlock.

— ¡Dejadme pasar! —se oía a lo lejos, una voz que le sonaba demasiado, pero más humana, rota y agitada—. ¡¡Dejadme pasar!! ¡Soy uno de los padres! Oh Dios mío, no… No…

Moriarty, haciendo su entrada estelar y una interpretación digna de galardón. Iba acompañado de un nombre, más alto y de rostro más sereno que el suyo, aunque algo compungido también, que le sostenía para que no cayera al suelo. Sherlock deduce que será su segundo de a bordo, su mano derecha. Moriarty al final no puede dejar pasar la oportunidad de caer dramáticamente al suelo para seguir llorando, lo que hace que a Sherlock se le encoja el corazón no por la escena que está presenciando, sino por las dudas que se vuelven hechos: Elisabeth era una de las víctimas. Da un paso hacia atrás, creyendo que él también iba a caer al suelo, pero se mantiene en pie. La había perdido, una parte de su familia. <<Se ha ido… >>.

Cuando la masa de gente se empieza a disipar, de las pocas personas que siguen en el lugar haciendo su miserable papel de padre destrozado era Moriarty. Sherlock se acerca a él con paso firme una vez se ha recompuesto emocionalmente. Lo coge de la sudadera que llevaba y lo estampa contra la pared. Su acompañante no hace nada por impedirlo, pero se mantiene cerca de ellos. Moriarty sigue dentro del papel, diciendo que qué demonios hacía, pero hay algo en sus ojos…. Sherlock lo nota.

—Era sólo una niña… —susurra entre dientes, sin dejar de aprisionar sus manos sobre su cuerpo. Le señala con el dedo, que poco a poco se contrae hasta cerrar la mano un puño. Se controlar, aunque le cuesta horrores.

— ¿Crees que yo he hecho esto? —responde Richard, su nombre de tapadera. Su voz era entrecortada, y por supuesto fingida, pero sus ojos era imperturbables, los de Moriarty—. ¿A mi propia hija?

Por un lado sabe que la relación de Moriarty y Elisabeth estaba reforzada por años de cuidado y atención, y seguramente cariño. Pero por otro era Moriarty.

—Eres capaz de cualquier cosa, de cualquier cosa… ¡¡Era mi sobrina!! Lo sé, lo descubrí. Lo has hecho para quitarla de en medio, de mi camino. Eres despreciable.

—Y tú un egoísta insensible —Richard Brook se zafa de su agarre— si crees que he podido matar a mi hija.

Sherlock carga de nuevo hacia él, pero esta vez su acompañante no se queda atrás y se lo impide.

—Esa chica era muy importante para mí, detective —continúa—. Tú no tenías ningún derecho sobre ella.

—Sí lo tenía. Sabes que sí. Era mi familia.

— ¡Yo era su familia! ¡Yo he cuidado de ella todos estos años! Que hayas tomado unas pruebas de ADN no significa nada, porque yo fui el que estuvo con ella, siempre.

—No creas ni un solo segundo que si no hubiera sabido que existía no la habría buscado antes. No sabíamos nada —replica Sherlock, pensando también en su hermano, al que por supuesto no iba a mencionar nada ahora tras el accidente. Ya no podía—, nadie lo sabía.

Sherlock empieza a sentir ansiedad. No podía seguir ahí, y menos tan cerca del criminal y tan lejos de John, que estaba indefenso ahora. Había sido un impulso ciego el ir allí, pero lo necesitaba. Le dedica una mirada fría y llena de odio al criminal y se da la vuelta.

Moriarty le hace una seña a Sebastian, y este le da una patada en el gemelo a Sherlock, que cae al suelo. El lugar del accidente ya estaba libre de miradas curiosas; sólo quedaban los responsables de apagar el fuego y los paramédicos, que seguían atendiendo a los heridos. Nadie estaba prestando atención a la escena. Moriarty se acerca y se agacha a su lado.

—No sabes nada sobre mí, Sherlock —su voz vuelve a ser la de siempre—. Crees que sí. Crees que soy un asesino, un criminal, un agente del mal y Dios sabe qué más, pero en realidad no sabes absolutamente nada. Eres un necio vulgar. Te has vuelto más vulgar desde nuestro gran encuentro, más humano. Me das pena —escupe.

Sherlock respira entrecortadamente. Nota su pierna arder; el músculo intentaba destensarse. Se atreve a mirarle una vez más.

—Tú también eres humano… —se acerca a él un poco más, desafiante—. Elisabeth era la prueba.

Jim se separa, mira a Sebastian y le hace otra seña. El francotirador pisa con fuerza la mano del detective y la restriega por el suelo. Sherlock consigue no gritar fuerte para no llamar la atención, y soporta el dolor como buenamente puede para no contentar a Moriarty. Este no dice nada más, raro en él, y Sherlock lo interpreta como que su comentario ha sido acertado y no tiene con qué negarlo. Se marcha seguido de su mano derecha, dejándolo ahí en el suelo.

Mira su mano; estaba sangrando, y temblaba, pero era un mal menor. Se incorpora, y un con un poco de cojera camina hasta toparse con un taxi que le lleva de vuelta a Baker Street.

— ¿Dónde has estado? —John estaba esperando en el salón. Se abraza desesperadamente a sí mismo, y su labio inferior vuelve a temblar.

Sherlock le mira largo y tendido en silencio. Las gotas de sangre caen en la madera del parqué del piso, una tras otra. Cuando consigue tranquilizar a John, le dice que se siente, y que tiene que contarle algo muy, muy importante.



Esa noche Sherlock necesitó soledad, y le pidió a John que le dejara dormir solo. Al principio el doctor sintió un poco de pavor, porque sin él las pesadillas podrían aparecer y tener otro ataque, pero ver a Sherlock tan desolado le hizo comprender que necesitaba estar a solas con sus pensamientos, dedicarse a ellos. Con suerte John no pasó una mala noche.

Al día siguiente el detective hizo un gran esfuerzo para ir al hospital a reconocer los restos carbonizados de Elisabeth. Se topó con Molly, que fue la que le acompañó a la morgue, aunque antes de  ello le avisó de que podría ser difícil reconocerla; el rostro estaba totalmente desfigurado, con quemaduras de tercer grado. Fue complicado etiquetarla como Elisabeth Parker. Sherlock no hizo caso y le suplicó que le acompañara. Molly, después de intentar animarlo, le dejó a solas. Con un solo vistazo Sherlock supo que era ella, ese cuerpo ennegrecido era Elisabeth, y le dijo adiós, esta vez para siempre.

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