viernes, 10 de enero de 2014

Interrogation (Sherlock, 12)

—Muy bien —Sherlock entra apresuradamente en la comisaría. Dos policías, uno a cada lado de Elisabeth, la sujetan para que no se escape—. A la sala de interrogatorios, ya. Llevadla ahí y ahora voy yo —le dice a los dos policías con un gesto de mano—. John, Lestrade, al despacho un momento, y… Anderson, ¿qué demonios haces tú aquí? —pregunta con desagrado al ver al forense.

—Trabajo aquí, señor Simpático —contesta de mala gana y con desagrado.

—Para desgracia de todos nosotros. Bueno —hace un gesto despectivo con la mano para perderlo de vista—, vamos.

El doctor, el inspector y él entran en el despacho, quitándose los tres el abrigo y suspirando al unísono.

— ¿Cuál es el plan, Sherlock? —pregunta Lestrade—. Es culpable. El ADN estaba en el cuerpo de la víctima.

—Y en ningún momento lo he negado, pero necesito averiguar algo antes de llevarla a las celdas.

—De acuerdo, pero date prisa.

Sherlock va a salir del despacho, pero John le agarra del brazo antes.

— ¿No necesitas que entre? Ya sabes de quién es hija…

Lo sabía. Lo sabía perfectamente.



— ¿Lestrade? —nada más saber los resultados de los análisis el día que encontraron el cadáver de Foster, llamó al inspector—. Sherlock. No, calla y escucha. Necesito que busques en los archivos a Elisabeth Parker. Sí, es primordial. Lo que sea, ¿de acuerdo? Adiós.

No conocía a la chica de nada. Sólo se habían encontrado una vez y habían hablado unos minutos, pero aun así que una joven como ella hubiera hecho algo así le ponía nervioso.

Cuando el inspector le dio la información que la policía tenía en sus archivos sobre la chica, su intranquilidad creció. Elisabeth Parker, 18 años, adoptada a los 15 por Richard Brook, alias Jim Moriarty. Ahí estaba la posibilidad de que Elisabeth fuera capaz de haber matado a ese hombre, y debía ser arrestada, pero era un tema muy espinoso. Si te metes con Jim Moriarty, no esperes salir vivo de tal ofensa, ni tú ni tus seres queridos. Sherlock se precipitaba a la boca del lobo.

— ¿No entiendes que si esa chica es arrestada, tú podrías sufrir las consecuencias? —le dijo a John. Llevaban horas discutiendo de si tenían que hacerlo o no, de que la seguridad ahora para ellos era lo primero, pero John insistía en que estaría bien y esa chica debía ser arrestada—. John, si voy a por ella, Jim irá a por mí, y antes de eso, a por ti, y lo sabes. No puedo... ¡No puedo protegerte! El juego nunca termina…

—Las cosas irán bien, Sherlock…

—No —le cortó—. Basta, basta con eso. Las cosas no irán bien. Conmigo nunca van bien. No tenía que haberte dicho lo que sentía por ti. Ahora todo será peor —empezaron a temblarle las manos—. Ponte en mi lugar. Todo, absolutamente todo va a complicarse, y no estoy seguro de poder protegerte. Dime, ¿qué hago? Estoy perdido.

Cuando John vio que Sherlock temblaba aún más, no sólo sus manos, y que algo parecido a una lágrima, que efectivamente lo era y no se lo creía porque nunca vio llorar al detective de verdad, caía por su mejilla, sólo pudo acercarse a él, cogerle las manos y apretarlas fuerte, poniéndolas a la altura del pecho.

—Juntos.

Sherlock tragó nervioso saliva.

—Juntos… —repitió, un poco inseguro.

—Si tengo que estar de nuevo entre Moriarty y tú, lo haré —Sherlock iba a interrumpirle, pero John se lo impidió siseando con fuerza y apretándole más las manos—, y podremos con ello, porque tú me protegerás y me salvarás. Estoy seguro, siempre lo he estado. Siempre he sabido que si algo malo me pasa, tú irás a por mí, al igual que yo haría lo mismo sin pensármelo dos veces.

La noche antes de ir a por Elisabeth apenas pudo dormir. Lo estaba haciendo todo mal: llevar una relación con John, su trabajo, ahora esto… Encima esa chica no paraba de dar vueltas en su cabeza. La encontraba extrañamente familiar; sus ojos estaban más abiertos que los de la gente corriente. Eran como los suyos, atentos a cualquier detalle, unos ojos expectantes, buscando siempre algo. Estaba intrigado, y necesitaba averiguar más sobre ella.

Esa noche abrazó con fuerza a John en la cama. No quería despertarse, no quería que se hiciera de día y tuviera que enfrentarse a todo aquello. Al amanecer, y antes de salir de la cama, le susurró nuevas instrucciones: que no se separara de él, que no hiciera nada que no debiera, y lo que más le llamó la atención a John; le dijo que le necesitaba, a lo que John contestó con un beso y un ‘’De acuerdo’’.

Ya levantados, Sherlock esperó a que John terminara de arreglarse y de coger sus cosas para ir junto a la policía al 38 A de Sutherland Avenue, donde estaba Elisabeth Parker. El doctor iba de un lado para otro, y Sherlock en el salón totalmente quieto y siguiéndole con la mirada, triste. Sabía que de aquello nada iba a salir bien, y sólo quería que el tiempo se detuviera y permaneciera en casa, seguros, a salvo. Cuando John terminó, Sherlock fue inesperadamente hasta a él y le dio un largo y profundo beso, eterno. Se separó de él al rato, dejando a John casi sin aire mirando a los ojos a Sherlock, totalmente serio. El detective se dio la vuelta sin decir nada, se puso el abrigo y salieron de Baker.



Después de recordar todo esto, Sherlock vuelve a situarse en el despacho del inspector, con John mirándolo desconcertado porque no le había respondido.

—Quédate aquí —dice frío—. Tengo que hacer esto yo solo. Lestrade y tú quedaros al otro lado del espejo, mirad sus movimientos y lo que diga, ¿vale?

John y Lestrade asienten a la vez. Sherlock sale del despacho y le echa un vistazo a Elisabeth, sentada con las manos esposadas en los reposabrazos. Cuando fueron a su casa estaba ida, con la mirada perdida; ahora tenía un gesto serio y taciturno, como si supiera que estaba ahí porque había matado a Foster pero a la vez segura. <<No va a decirme lo que quiero: la verdad. Cuanto más hable con ella más información sacaré de lo que realmente me importa, así que tampoco es malo que se ande con rodeos>>.

Respira hondo y entra en la sala. Eli eleva la cara del suelo y le mira. Luego mira el espejo de su derecha y sonríe.

— ¿Tú sólo? ¿Y el doctor? —la chica hablaba con bastante soltura, decidida. Parecía hasta orgullosa. <<Parece que lo de actuar lo ha aprendido de su maestro>>, piensa Sherlock, pero sabe que en el fondo la chica estaba asustada; apenas unos minutos antes estaba poco receptiva, apagada. Eli vuelve a mirar el espejo—. ¿Afganistán o Irak, doctor Watson?

Sherlock se imagina la cara de John ante la pregunta.

— ¿Perdona?

—En el trayecto de mi casa a aquí me aburría —contesta sin dejar de mirar el espejo—. Su corte de pelo, su postura, cómo sujetó el arma cuando mi compañero de piso salió al portal y lo apuntó… Echa inconscientemente hacia atrás el hombro izquierdo, seguramente por una herida de  guerra que se resiente al ser forzada. ¿Me equivoco? —pregunta, ya mirando a Sherlock.

—No, no te equivocas —responde sentándose enfrente suya—. Y ya que él no está aquí para responder, Afganistán —Eli sonríe satisfactoriamente, pero enseguida tuerce el gesto al ver que Sherlock abre una carpeta con fotos del cadáver de Foster, tanto de la escena de crimen como de la morgue—. ¿Sabes por qué estás aquí?

La chica se recuesta en el respaldo de la silla, incómoda, por la mueca que hace. Sherlock puede ver que no tiene buena cara. Elisabeth no parecía una asesina profesional; puede que no estuviera adaptándose bien a su vida como verdugo y eso le pasaba factura.

—Se me acusa injustamente de asesinato.

—Se encontró el cuerpo mutilado debajo de la estatua Peter Pan de Hyde Park de Edward Thomas Foster —dice señalando con el dedo las fotos—. Al examinar el cadáver en busca de pruebas, encontramos tu ADN.

Eli le mira fijamente y medita durante unos segundos.

—Me gusta dar paseos nocturnos. Pasaba por allí y me encontré con ese hombre tendido en el suelo y ensangrentado. Me acerqué a tomarle el pulso, pero ya estaba muerto y salí de allí antes de que me entrasen más arcadas.

—¿Desde cuándo se le toma el pulso a alguien que sólo por su aspecto —baja la vista para mirar las fotos con Foster bañado en sangre y descuartizado— se ve que está muerto? ¿O desde cuándo se le toma a alguien el pulso clavándole las uñas a conciencia? —Sherlock se cruza de brazos.

—Era de noche, apenas se veía. Cuando me di cuenta de que estaba muerto yo ya le había tomado el pulso. Las susodichas marcas de uñas no las hice yo.

—No es eso lo que dice el análisis de ADN. Explícame si lo prefieres por qué había cabello que según los análisis pertenecen a Elisabeth Parker, dando la casualidad de que esa eres tú.

Elisabeth suspira y mira al techo. Sherlock aprovecha para mirarla con atención. Seguía sin entender qué hacía Jim Moriarty adoptando a una chica y llevándosela al campo de batalla. ¿Qué pinta una niña en esos juegos? El detective era incapaz de quitarse la idea de que Elisabeth y él tuvieran algún vínculo, pero era absurdo. Sólo porque sus ojos fueran iguales y tuviera notables cualidades de deducción no significaba nada…

—Sufro dermatitis atópica. Se me caería un poco de pelo cuando le tomé el pulso.

—La dermatitis atópica sólo afecta a niños pequeños y a ancianos. Desaparece en la adolescencia —responde rápidamente cruzándose de brazos—. El cabello estaba agarrado a conciencia en una de las manos mutiladas de Foster. Eso es un signo de que previamente a la muerte hubo un forcejeo.

—Casualidades de la vida.

—En este tipo de cosas las casualidades son remotas, señorita Parker.

—Señor Holmes, no voy a confesar nada. Me acojo a la quinta enmienda. ¿Se dice así, no? —dice con retintín.

Ahora es Sherlock el que suspira. <<Es lista, muy lista, perspicaz. Pero no tengo tiempo para más tonterías>>. Cierra la carpeta de fotos y la deja a un lado. Se cruza de brazos encima de la mesa.

—Dime qué relación tienes con James Moriarty.

— ¿James Mo- qué? —pregunta con un gesto interrogativo demasiado sobreactuado.

Sherlock sonríe con sarcasmo.

— ¿Prefieres Richard Brook, tu padre adoptivo? Pero si le gritaste a tu compañero de piso que se lo dijera a ‘’Jim’’, tiene más sentido que te pregunte por su verdadero nombre, James Moriarty.

Eli se muerde el labio y Sherlock sonríe de nuevo. Había cometido un fallo; había  nombrado a Moriarty sin darse cuenta. <<No puedes salir de esta>>.

— ¡Ah! Jim es la persona que me cuida, el adulto que me supervisa en ausencia de Richard. Rich se fue de vacaciones, pero no tiene nada que ver con ese James Moriarty.

—Sí, claro —exclama Sherlock, ya cansado de tanto juego sin sentido y de dar vueltas a lo que era evidente—. Elisabeth, tanto tú como yo, por supuesto, sabemos que Richard Brook es James Moriarty. No puedes negar lo que vi con mis propios ojos. ¿O no te acuerdas de nuestro primer encuentro? Moriarty te guardaba las espaldas cuando hablé contigo —<<Has entrado en la trampa tú sola, Elisabeth>>—. Sólo necesito que lo confirmes. Dime la verdad. Puedes confiar en mí —algo le obliga a decirle esto último, pero era verdad. No fingía para que ella se sintiera protegida. Algo dentro de él le decía que tenía que mostrarse cercano y protector, un instinto diminuto.

—Repito —dice bruscamente la chica—. Me acojo a la quinta enmienda.

—Está bien. Que yo lo sepa es lo único que necesitamos, porque tengo razón —dice Sherlock levantándose. Antes de abrir la puerta y salir de allí, la mira una última vez—. Discúlpame un momento.

—Sé que le inquieto, señor Holmes, pero no por el asesinato. Es por otra cosa, ¿a que sí?
Sherlock se da la vuelta y la mira, esperando a que dijera algo más.

—Me ha estado mirando con mucho detenimiento —continúa—, y no sólo hoy. El día que nos conocimos también.  ¿Le resulto… familiar, o algo?

Un pequeño tic en el ojo se apodera de Sherlock, que sabe perfectamente de lo que habla la joven pero le sorprende que ella misma saque el tema. <<Si está con Moriarty, sabe perfectamente que yo no soy de fiar. ¿Por lo qué? ¿Curiosidad? Me está provocando, pero que diga estas cosas la pone a ella en peligro. ¿Por qué lo hace? ¿Qué busca?>>.

Elisabeth suspira cansada al saber que el detective no va a contestarle y Sherlock sale de la sala de interrogatorios. Cierra los ojos mientras se apoya en la pared. Por un lado aparece Elisabeth, seria, mirándole fijamente con esos ojos penetrantes y fríos. Por otro lado, estaba la que, si estaba en lo cierto, sería su madre, a la que conoció cuando era muy pequeño. Esa mujer era bailarina, y Eli también lo es. Intenta zanjar todo este asunto diciendo que eran casualidades, nada más, pero una parte de él le decía que no se engañara. Tenía que profundizar más, y tenía que hacerlo ya.

— ¿John? —dice entrando en la sala contigua a la de interrogatorios—. Tenemos que hablar.

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