martes, 28 de mayo de 2013

Cardiff (Seb, 5)

Día 1.

En el hospital reinaban los pitidos de las máquinas y los pasos arduos de las enfermeras y los doctores que corrían  de un lado a otro. Al entrar en la habitación, Sebastian miró fijamente a Jim, con la cabeza enrrollada en vendas blancas, aunque ya no era él, ya no era su jefe. A partir de ese momento, iba a ser otra persona. Los médicos no sabían cuándo recuperar la memoria, o si por algún extraño y mágico caso iba a hacerlo, y Seb estaba perdido, pero con todo planeado.

Al percatarse de que un extraño había entrado en su habitación, Jim giró la cabeza en dirección a la puerta y le miró con miedo y desconfianza. La venda blanca le daba varias vueltas a la cabeza, tapándole el horripilante agujero del disparo, ya menos descompuesto tras la operación. Para ese hombre de mirada triste, solitaria y desconcertada, Seb era un desconocido, y torció asustado el gesto. Se aferró a las sábanas de su camilla.

— ¿Quién eres? —su voz era quebradiza, tímida.

Seb se acercó unos pasos, con cuidado y muy despacio para no asustarlo.

—Me llamo Sebastian Moran. Tú… no sabes quién soy, pero somos buenos amigos.

Jim le miraba con el ceño fruncido, guardando las distancias. Tenía dudas. Además parecía asustarle la cicatriz que traspasaba el ojo izquierdo de Seb. Al Jim de siempre no le pasaba, le gustaba, y Seb se entristeció un poco. ‘’No soy nadie para él ahora —pensó—. Un tío cualquiera con una cicatriz en la cara’’.

La palabra ‘’amigo’’ despertó curiosidad en Jim.

— ¿Y… quién soy yo?

Sebastian se acercó un poco más hasta el borde de la cama, y puso una mano encima del colchón, mirando a ese ratoncito asustadizo con compasión.

—Eres Richard Brook —‘’No puedo decirle que es un asesino. Su otra identidad nos viene de perlas, aunque aquí en Londres no estamos seguros’’. A Jim se le iluminó el rostro, esperanzado y sorprendido por saber algo de él, aunque fuera sólo su nombre. Cuando le preguntaba a los médicos, estos se hacían los locos y miraban hacia otro lado, sin decirle nada, algo que le había hecho sentir muy solo. Seb decidió decirle algo más—. Eres un actor de teatro, y también cuenta cuentos. No serás muy famoso, pero a mí me pareces muy bueno —sonrió levemente y le enseñó los formularios y currículums que en un pasado Jim elaboró para su tapadera, además de noticias y reportajes de periódicos falsos—. Vives en Cardiff, en una casa a las afueras de la ciudad, en una zona suburbial.

Seb no podía dejar que se quedara en Londres. El nombre de Richard Brook también estaba involucrado en el caso de Sherlock Holmes y era peligroso. Por eso cuando los médicos del Barts le dijeron que no podía estar con Jim cuando se despertara para que no se encontrase cara a cara nada más abrir los ojos con un desconocido, se puso manos a la obra para buscar una casa en algún sitio tranquilo donde nadie le molestara. Jim, ahora Richard, no podría salir con frecuencia de esa casa, ya que las noticias habrían recorrido medio mundo y no sería conveniente.

—Vaya… Es un alivio saber por fin cómo me llamo —respondió Richard. Seb pudo ver que revoloteaba un sonrisa en los labios de un hombre que desde hacía tiempo no había sonreído. Era una sonrisa inocente y brillante, y para Seb, reconfortante.



Día 114.

— ¿A dónde vas? —Rich lo cogió por el brazo, impidiendo que saliera de casa.

Seb se estremeció con el contacto. Desde que llegaron a Cardiff se percató de que Rich se pegaba mucho a él. Era como una esponja, pero no le resultaba extraño. Era la única persona que conocía en su estado y debía aferrarse a ella todo lo posible. Esa personita, como a veces la llamaba Seb cuando hablaba consigo mismo, se había asentado muy bien en su nueva casa, su nuevo hogar. Era pequeña, de dos plantas, y tenía lo esencial, ni más ni menos.  Aún con Rich en el hospital, Seb aprovechó algunas salidas para comprar el inmueble necesario y decorar la casa, para que cuando llegaran no se encontrara con una casa recién comprada y sin nada.

Rich era tímido y curioso. Hacía muchas preguntas, símbolo de miedo y dependencia, todo lo contrario a Jim, pero a Seb ni le incomodaba ni hacía que se apartara de él, sino todo lo contrario. Estaban muy unidos; Seb le proporcionaba seguridad, y Rich a cambio humanidad y cariño. ‘’Pero no me olvido de ti, Jim… Que lo sepas’’.

—Te lo dije el otro día —contestó—. Tengo que hacer unos recados en Londres. Cosas de trabajo. Volveré en un par de días. Y no te preocupes, que voy a estar bien.

—Ya… Pero yo no —musitó Rich muy flojo para que no le oyera.

Seb frunció el ceño. Le dio unas palmaditas en el brazo y luego puso un dedo bajo su barbilla y se la levantó, haciendo que lo mirara.

—Son sólo unos días. Estaré aquí antes de que te des cuenta. Ya sabes lo que tienes que hacer, ¿no? No salir de casa y cerrar bien la puerta en cuanto yo salga por ella.

Rich parecía triste, pero se obligó a sonreír para despedirlo.

—Que te vaya bien… Hasta pronto.

Seb le guiñó el ojo y cerró la puerta, pero no se fue de allí hasta que no oyó a Richard echar la llave y los candados. Acarició el marco de la puerta un segundo. Iba a volver, pero le dolía dejarlo solo, por si pasaba cualquier cosa. ‘’A mí siempre me va bien. Debe irme bien. Es mi trabajo; si fallo, estoy muerto’’, pensó mientras se colocaba a la espalda el petate y encendía la moto para emprender un pequeño viaje a Londres.

Sus objetivos: el doctor Thomas Hendrik y el cirujano Walter Moore. Al enfermero Roger Samuels y al otro doctor, Zachary Scott, ya los liquidó antes de irse a Cardiff, así que sólo quedaban dos pájaros cantarines. Prometieron, no, juraron no hablar del ingreso de Jim en el hospital, su operación y las pruebas posteriores a esta. Tres de ellos eran médicos de renombre, muy buenos en su trabajo. Iba a ser un golpe estruendoso en el Barts, pero la seguridad de Jim era más importante. El otro era un enfermero como otro cualquiera. Alguien lo echaría de menos, o eso supuso Seb.

Se tomó un par de días para observar a sus presas, conocer sus movimientos, y los siguientes días salió de entre las sombras y los cazó, con cuidado y sigilosamente e intentando no levantar demasiadas sospechas. Dos médicos del mismo hospital iban a morir; era una extraña coincidencia. ‘’Pero todo en esta vida es posible’’, pensó Sebastian. Por las noticias alegaron que Walter Moore paseaba tranquilamente por el puente Kew cuando accidentalmente tropezó y cayó al Támesis. La fuerte corriente impidió que pudiera salir a la superficie en busca de oxígeno y esperanzas de vida. Se golpeó con algunas rocas que le provocaron numerosas contusiones importantes y murió. Seb lo empujó al vació a altas horas de la noche, en uno de los paseos nocturnos y solitarios del doctor de camino al hogar. Por otra parte, Thomas Hendrik fue asaltado por la mañana por un ladrón cuando salía de su casa. Sebastian, en un momento de pura suerte en la que el doctor atajaba por un callejón para llegar a su coche, simuló que le robaba cuando en realidad le clavaba un cuchillo en la espina dorsal, haciendo dos rápidos movimientos en los que esta se desquebrajó, y una abundante cantidad de sangre empapó los adoquines de la calle, a escasos metros del automóvil de Hendrik. En ninguno de los dos casos hubo testigos; el crimen perfecto.

Todo quedó zanjado, ya que los confidentes del secreto callaron para siempre. Seb volvió a los cinco días a Cardiff, y fue recibido con la alegría y el humor de Rich.

— ¡Me dijiste que eran un par de días! Mentiroso —dijo Rich echándose a reír y levantándose del sofá apresuradamente cuando oyó abrirse la puerta de la calle.



Día 499.

Seb estaba en su habitación a solas, mirando el insulso techo blanco, un techo aburrido, apagado y sin vida, como él mismo se sentía. Estaba harto de cómo iban las cosas; Rich era genial, una gran persona, pero el ser tan opuesto a su verdadero yo, a Jim, desesperaba a veces a Seb. Llevaba esperando el milagro de volver a ver las caras serias y los trajes impolutos de su jefe año y medio. Se sentía atrapado a pesar de que Rich hacía involuntariamente lo necesario por hacerle la vida llevadera y apacible, al igual que Seb hacía con él, pero no podía más.

Frustrado, salió de su habitación y bajó las escaleras. Rápidamente y como era de esperar, Rich salió de donde fuera que estuviera.

— ¡Ey! ¿Te apetece ver una película? Puedo hacer palomitas —dijo alegremente, una alegría que a Seb le entusiasmaba siempre, pero no en estos momentos.

—No —respondió Seb secamente. Se giró para contestarle y pudo ver a Rich con cara de pena y confuso, y torció de nuevo su gesto a uno más amable—. No… puedo. Voy a dar una vuelta —‘’Tengo que salir o lo  pagaré con él, y es lo último que quiero’’.

Rich agachó la cabeza.

— ¿Estás enfadado conmigo? —preguntó en voz baja.

Seb se pasó una mano por la cara, intentando despejarse, pero no pudo. Quería abrir los ojos y ver a Jim, al Jim Moriarty de siempre, y sin embargo ahí estaba la cosa más dulce e inocente que jamás había conocido. No era culpa suya, pero dentro de él guardaba a la persona que amaba, y estaba resentido por ello. También quería a Rich, pero era diferente.

—Te-tengo que irme. Lo siento.

Caminó hasta la puerta e intentó abrirla, pero detrás de él, Rich extendió sus brazos y apoyó las manos en la puerta, dejando caer sobre ellas todo su peso e impidiendo que Seb pudiera abrirla puerta.

—Estás enfadado conmigo y por eso te vas. ¿Qué he hecho? Lo… Lo siento. Si he hecho algo mal, no ha sido a propósito —su voz sonaba quebradiza, como a punto de romperse, de rasgarse.

—Te he dicho que no es culpa tuya —dijo, otra vez seco y tirante—. Por favor, deja que salga de estas cuatro paredes durante unas puñeteras horas. Me estoy asfixiando.

Rich obedeció despacio, rozando con las yemas de los dedos la madera blanca de la puerta antes de separarse del todo de ella. Seb abrió la puerta al instante.

—Por favor, Basty… —murmuró la personita al verlo precipitarse al exterior.

A Seb le recorrió un enorme cosquilleo molesto y frío por todo el cuerpo, como si una manada de rinocerontes pisoteara todo su ser. Se paró, aún con la mano en el pomo de la puerta y dándole la espalda a Rich. ‘’Bastian, tigre… Era apodos con los que solía llamarme Jim. ¿Es una señal? ¿Una parte de Jim me está hablando? No puede ser. Rich es así. Le habrá salido sólo’’.

— ¿C-cómo me has llamado?

—Ba… Basty —titubeó con miedo Rich—. ¿Te molesta? De repente se me ha ocurrido, perdona.

‘’Hola, Jim. Hola, Rich. Sois vosotros dos…’’, pensó cerrando la puerta y dándose la vuelta para mirar a Rich. Parecía insignificante y pequeño, y esa visión que tenía de él Seb en esos momentos se acentuaba más con Richard abrazándose a sí mismo, inseguro, intentando aferrarse a algo que no fuera Seb por una vez.

—Mira, Seb… —siguió—. Pu-puede que haya tardado en decirte esto, pero… Te necesito. Por favor, no te vayas. Me… Me… M-me gustas mucho y… —las palabras se le trababan en la garganta y era incapaz de darles voz—. Simplemente, no te vayas…

Afloró en Seb de pronto un sentimiento más fuerte, como lo que sentía por Jim, al escucharle. Relajó sus gestos faciales, tornando a un gesto neutro que poco a poco esbozaba una sonrisa y soltaba una risita. No podía creerse lo que oía. Sospechaba desde hacía tiempo que Rich sentía algo por él más que amistad, afecto y compañerismo, pero nunca creyó que fuera tan valiente como para exteriorizarlo.

—Siento haber sido tan brusco contigo —respondió. Tomó con una mano su rostro y muy despacio se fue acercando a él hasta que sintió que la respiración de Rich se cortaba en una milésima de segundo cuando le besó en los labios. Esa era su declaración, la que llevaba años queriendo hacerle a Jim pero que sabía que nunca llegaría. ‘’Matar puede esperar’’, se dijo, pensando en que debía disfrutar lo que pudiera todo lo que le hubiera gustado disfrutar en el pasado. Ahora era el momento.

Se separó de Rich y vio a este sonrojarse, sin dejar de mirarle con los ojos como platos por la sorpresa. El segundo beso surgió por parte del cuenta cuentos al ponerse un poco de puntillas y devolverle el beso, esta vez más largo.

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